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Los niños doctrinos

La llegada del Renacimiento, un fenómeno de carácter esencialmente humanista, transformará los viejos hospicios en lugares cuyo objetivo será la formación integral de la persona. El origen del movimiento reformador de los centros de beneficencia, se encuentra en el libro De subventione pauperum, escrito por Luís Vives en 1526, amigo y seguidor de Erasmo de Rótterdam.

Luís Vives plantea una lucha sin cuartel contra la mendicidad. Su consigna directa es: "...contra la mendicidad, el trabajo...". Propone que los diferentes consejos municipales de las ciudades,-las familias con mayores recursos económicos-, administren y gestionen con eficacia los hospitales, que eran instituciones que servían a la vez de asilo, enfermería y hospedería, transformándolos en lugares de formación donde, no sólo se cubran las necesidades materiales y espirituales de los menores, sino que se les enseñe la lectura, escritura, cuentas y algún oficio.

En este contexto, Carlos I, el Emperador, destina 50 fanegas de trigo de la Villa de Madrid para: "...los niños pícaros o ganapanes, pobres y huérfanos… a fin de que se recojan y adoctrinen". Su hijo, el rey Felipe II, traslada a 34 niños del Hospital de Convalecientes a la "Casa de los Niños Doctrinos de San Ildefonso", "...por ser más seminario que hospital, donde se provee de sustento, vestido, educación e instrucción catequista a huérfanos menores de quince años...". El Ayuntamiento, regido por Vargas y Mendozas, adquiere, en 1560, una propiedad situada entre las calles Tabernillas de Parla y la Carrera de San Francisco a la que se agregan otras donadas o expropiadas, que constituirán el edificio donde se acoja y eduque a los niños de San Ildefonso hasta 1884.

La Institución sigue fielmente el modelo propuesto por Vives: financiación a través de donaciones y explotación de la participación de los niños en diferentes actos públicos, como acompañar con sus cánticos a las honras fúnebres de diversas personalidades tales como Antón Martín, Lope de Vega o Calderón, de ahí procede la famosa coplilla de Francisco de Quevedo, que en su obra Postrimerías de un Rufián, pone en boca del jaque Gorgolla:

A niños de la doctrina
no pienso pagar la solfa;
música que no he de oilla,
que la pague quien la oiga.

La Ilustración convierte al siglo XVIII en el siglo de la educación. Carlos III, promueve el "Plan General de Beneficencia". El método educativo se fundamentaba en tres pilares: sujeción, disciplina y trabajo. La formación se impartía por profesorado especializado y se exigía al alumno participación y corresponsabilidad. También se proponía, la paulatina supresión de los métodos represivos. Las ordenanzas del Colegio de San Ildefonso de 1701, son precursoras de los nuevos tiempos, estableciéndiose la edad mínima de ingreso a los 7 años e instando al maestro a que "…enseñe a los cuarenta niños el arte de leer, escribir y contar, conforme a su consciencia para que salgan hábiles…". A su vez, se establecen las figuras del Hermano Mayor y del Ama respectivamente, que pretenden simular el ambiente familiar normal.

El juego de la Lotería fue instaurado en España por el rey Carlos III, en el año 1763. El 9 de marzo de 1771, es tal vez, la fecha más trascendental en la vida del Colegio de San Ildefonso, porque, uno de sus alumnos, Diego López, es la mano inocente que extrae el premio de la Lotería Primitiva. Quinientos reales es la donación que la Hacienda española, deposita en la Institución por la colaboración en dicho sorteo. Sin duda, las mismas coplillas que sirvieron para cantar en las cuentas y honras fúnebres madrileñas, propiciaron la nueva tarea de los colegiales ildefonsinos.

La falta de trabajo favorecía la explotación de los niños para actividades poco honestas. [ Niños comiendo melón y uvas, Murillo. Pinacoteca Antigua de Munich ].
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